martes, 7 de octubre de 2014


James, el violín y el tambor

James intenta llevarse el balón ante el acoso de Susaeta.

Hay mucho de revolucionario en lo que pretende el Real Madrid. El club más laureado y poderoso del mundo se aleja de los estigmas convencionales. Ya no se trata solo de sus estrellas orbitales, de sus inversiones récord de cada verano. El asunto es más complejo: el Madrid paga como nadie por lo que le deslumbra de un futbolista sin importarle que luego su papel sea otro, no exactamente el cometido por el que se le compró. Ocurrió con Özil, Isco, Bale y, ahora, con James.
El estupendo media punta colombiano que dejó huella en el Mundial de Brasil costó unos 80 millones de euros por ser James; pero en este Madrid tiene que ser otra cosa, tiene otra función y nadie sabe si se podrá amortizar el gasto con el otro James. El club ficha y luego que el técnico y el futbolista se apañen. Lo mismo da que se trate de un violinista al que luego las circunstancias obliguen a tocar el tambor. El reto es tan intrigante como apasionante.
Alguien quiso ver en el internacional cafetero a un relevo del saliente Di María. Ese alguien no fue Carlo Ancelotti, desde luego. Pero el italiano, camaleónico como es, sabe que el dictado del club que le paga no está en discusión y acepta como profesional rascarse el cerebro para que cuadre el mecano. Lo suyo es una encrucijada. Por el camino corre el riesgo de despeñarse en el proceso experimental y si triunfa no le colgarán medallas. El éxito será del buen ojo institucional y, si quedan migas, del propio futbolista.
James aún no ha explotado todo su potencial y no duda en subrayar que el técnico le hace correr de lo lindo.

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